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GOCTA: "LA CATARATA DESLUMBRANTE"

Escribe: Elvis Florentini Castañeda

El Perú es, sin duda, un país maravilloso. Su amplia diversidad cultural, geográfica, histórica, natural y arqueológica lo confirma. Y por ello es importante conocer, “redescubrir” y comunicar esta pluralidad y sus singularidades; pues cada centro poblado, por más pequeño que sea, tiene mucho de qué enorgullecerse. Ese es el caso de Cocachimba, un pueblo del distrito de Valera, provincia de Bongará, en la región Amazonas y su principal atractivo turístico: la catarata de Gocta.

AMANECER EN “CHACHA”
Son las 6:30 am y, en directa contradicción a lo habitual –en mi obsesa vida citadina–, es la calma lo que me despierta. Luego de asearme y vestirme salgo al balcón del Hotel Vilaya para reconocer la ciudad y ver el clima de “Chacha”, cariñoso apócope local de Chachapoyas; que despierta apacible; con un tímido barullo en sus calles estrechas y casas blancas con techo de teja y puertas y balcones de madera. 

Camino entonces por dos cuadras, llegó a la Plaza de armas y el sol, que ya dispersa sus tibios rayos, acude a mi encuentro y; mientras acaricia a la catedral, las fachadas del lado oeste y los jardines; me provee de energía y revela una ciudad amable que me da la bienvenida.

En la plaza, nos reunimos con Marilyn Velásquez Álvaro, propietaria del Café Fusiones; quien muy amable nos dice: “Hoy, que se van a Gocta, van a tomar un buen desayuno chachapoyano: café, jugo de papaya, humita, pastelito de choclo, huevo frito y pan; todo fresco y de aquí, de mi tierra”. Ciertamente, es un desayuno ideal –que consumo con ánimo– para la caminata y la aventura de conocer Gocta.

EL VIAJE A GOCTA
Después del festín matutino, abordamos la movilidad que nos trasladará al primer punto de visita del Press Tour del Raymi LLaqta 2017: la catarata de Gocta.  

Tomamos la carretera Chachapoyas - Pedro Ruíz y empezamos a descubrir algunas cosas interesantes sobre este hermoso lugar: lo primero es comprobar –al margen de la creencia popular– que Chachapoyas no tiene un clima “selvático” de sol y lluvia antojadizo: es decir, es cierto que puede llover en cualquier momento, pero suele tener un día menos fortuito y –de acuerdo a los chachapoyanos– está marcado por el amanecer de cada día y su ubicación: ceja de selva, contigua a la sierra.

El sol nos acompaña durante el primer tramo de viaje sobre la serpenteante carretera asfaltada de Limón punta; algunos minutos después, antes del franco descenso por las curvas, podemos ver las plantaciones de tara que se extienden en el entorno. Luego, llegamos a la hondonada y sobre el margen izquierdo nos encontramos con el rio Utcubamba; que nos acompaña hasta llegar a Cocahuayco, quebrada donde se inicia el segundo tramo del viaje.

De allí en adelante, dejamos el asfalto y se inicia el recorrido por una carretera afirmada. Luego de unos cinco minutos Alexander Comeca, el conductor del vehículo en el que viajamos no dice: “desde aquí ya se pude ver la catarata, allá arriba”. Entonces, la curiosidad hace que todos asomemos la mirada y, efectivamente, observamos, aún lejana, la catarata y sus dos caídas que –desde su estancia– nos invita a conocerla.

COCACHIMBA 
Arribamos entonces a Cocachimba, un pequeño pueblo que es el punto de partida para la caminata a la catarata de Gocta y mientras descendemos del minibús, observamos la llegada de otros vehículos con turistas nacionales y extranjeros. Nos dirigimos entonces al Hotel Gocta Lodge, lugar privilegiado para ver la catarata; y luego de una breve sesión de fotos, conversamos con Lluis Dalamau Gutsens, gerente del hotel, quien comenta “Gocta es una maravilla natural de talla mundial. Nosotros, ahora mismo, tenemos todos los cuartos ocupados con turistas, principalmente, extranjeros; pero ahora, que Cocachimba se dedica al turismo, hay una variada oferta de alojamiento, hoteles, transporte y gastronomía que cubre las necesidades del turismo”.

LA CAMINATA
Entonces… nos reunimos con el guía del grupo; un poblador local quien, con orgullo y jovialidad, nos dice: “Buenos días señores periodistas, soy su guía: Wilder Torres; estoy muy contento de llevarlos a nuestra catarata de Gocta y agradezco –sinceramente– su visita pues sé que ustedes podrán transmitir la belleza de mi pueblo y así llegarán más turistas”. 

Entonces, damos los primeros pasos de la caminata, claro, no sin antes registrar el momento en innumerables fotografías y selfies junto al rótulo que indica “COGTA”.  Así, partimos y, como en toda aventura –cualquiera esta sea– nuestros primeros pasos son firmes y expectantes. 

“Son dos horas y media de caminata –explica el guía– y ‘por si acaso’, al momento que se acaben sus energías me avisan; pues tengo, en mi mochila, dos cositas muy buenas: una botella de ‘guarapito’ (licor de caña de azucar) y un preparado de hierbitas aromáticas para levantar el ánimo”. 

El camino Cocachimba - Gocta, consta 5 kilómetros y 200 metros y con excepción de un tramo angosto a causa de un desfiladero (unos 500 metros antes de la catarata) es bueno, amplio e ideal para el trekking y soporta; con tranquilidad el tráfico constante de turistas, lugareños y caballos; incluye dos puentes, 15 quebradas (por donde discurren arroyos de agua cristalina), dos tambos de atención y descanso, subidas y bajadas con tramos empedrados y algunos –ciertamente, pocos– trechos planos.

Sin lugar a dudas, es la experiencia de caminar rodeado de naturaleza lo encantador del camino. La mixtura de verdes solo concede breves espacios a otros colores revelados por flores, frutos, mariposas y aves; inquilinos permanentes del bosque. Y cada vez que alguien se detiene a recuperar el aliento o para disfrutar del paisaje; es imposible no levantar la vista y disfrutar del cielo que, cual lienzo eterno atrapa, de modo fugaz, las impresiones que las nubes matizan en él.

Llegamos al primer tambo y el jugo de caña de azúcar que tomamos endulza los labios y provee energía a las piernas. Seguimos entonces con la ilusión de llegar a la catarata y, más adelante, un sorbo del “guarapito”, que ofreciera antes el guía, aleja el agotamiento y luego de un prolongado tramo más, llegamos al segundo tambo; donde se nos provee de fruta fresca, agua y sonrisas de camaradería de otros caminantes que regresan o también van –con otros grupos– rumbo a la catarata. 

Al continuar, luego de pasar el desfiladero, donde el sol arrecia y hace dudar a algunos; nos adentramos en un lugar distinto, uno que se asemeja a la selva, propiamente dicha, con árboles altos que inhiben al sol y una humedad permanente que refresca… entonces… al agudizar el oído, se puede escuchar un murmullo relativamente cercano y luego de unos pasos, en un pequeño descampado; observamos, a unos 300 metros, la catarata de Gocta: magnificente, eterna, calmada e imponente.

Entonces pienso –una vez más– “vale la pena, siempre lo vale”; pues viajar y caminar por el Perú es una experiencia que involucra los cinco sentidos, e incluso el alma. Mis ojos se maravillan con los halos de luz que, cual prisma newtoniano la suave caída de la catarata genera. Mis oídos y mi mente se arrullan con el sonido del arroyo, el silbido del viento y las infinitas y menudas gotas de agua que se dispersan en el aire. Mi olfato percibe el aroma fértil de la tierra virgen mojada y la flora eterna. Mientras tanto, mi piel percibe el cambio de temperatura y se refresca agradecida luego de la febril caminata. ¿Y el gusto? Pues eso tiene dos respuestas (en función de las acepciones que la palabra tiene): primero, el gusto de llegar a las cataratas es, realmente uno mayor; que disfruto gustoso y con gusto comunico al redactar (y vale la redundancia). Y segundo, el gusto de la jugosa naranja fresca de alguna chacra (no huerta) de Cocachimba que saboreaba al momento de llegar al lugar. 

Los últimos metros, para llegar a la base de la catarata, son de disfrute y asombro continuo. Mientras más me acerco a la quebrada, que recibe la caída, el remolino cruzado de gotas, chispas y moléculas de agua fría, limpia y cristalina lo cubre y baña todo mientras juega, caprichosamente. Y allí, en el opuesto de mis casi permanentes momentos de estrés, preocupación, tráfico vial y parámetros citadinos; me olvido de todo (incluso del selfie) y por un breve momento soy uno con la catarata… con Cocachimba… con Amazonas… con la naturaleza y entonces; registro ese momento para siempre. 

COLOFÓN 
Regresar a Cocachimba es otra cosa (aunque puede hacerlo a caballo), pero eso solo lo podrá descubrir, estimado(a) lector(a) si un día –como espero lo haga– viaja y vive la experiencia de llegar a este mágico lugar: San Juan de la frontera de los Chachapoyas.

Vea más fotos de la CATARATA DE GOCTA aquí.

Foto: Elvis Florentini / Marta Cruzado 




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